
Volví a Roma esa misma tarde, y al día siguiente pude venerar los restos del Papa en la capilla clementina del Palacio Apostólico. En las jornadas sucesivas me acerqué repetidas veces a la Basílica de San Pedro para rezar ante el Papa difunto. Caminar por las calles de Roma repletas de una muchedumbre variopinta, multicultural, que esperaba pacientemente horas y horas para poder pasar unos segundos delante del cuerpo ya sin vida de Juan Pablo II conmovía las entrañas. Jóvenes y ancianos, ricos y pobres materializaban el Pueblo de Dios en marcha, que había encontrado en Karol Wojtyla un auténtico testigo de Jesucristo, un profeta creíble de esperanza: un santo.
Desde el 16 de octubre de 1978 hasta el 2 de abril del 2005 el mundo contempló el desplegarse de una fuerza sobrenatural amable y exigente. Día a día lo vimos trabajar, sonreír y rezar. Acompañar al que sufre y padecer él mismo el sufrimiento. Lo vimos valiente, luchador por la libertad y por la justicia, y pedir perdón por los pecados del pasado. Lo vimos amonestar a dictadores, jugar con niños y dialogar con todos. Lo vimos nadar y esquiar. A nadie hemos visto tanto como a Juan Pablo II. Y siempre ha sabido mostrar a Jesús, mostrarlo cercano, humano.
Benedicto XVI ha dicho con ocasión de la celebración de la Pascua: "La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio". Esa luz de Jesús atravesó los 20 siglos de historia de la Iglesia y brilló de modo especial en la persona de Juan Pablo II. Esta es la fuerza que tienen los santos. Una fuerza que llama a la renovación interior, a mirar al prójimo con ojos de paz y solidaridad, a luchar por la justicia y a no claudicar ante la derrota y la experiencia del mal.
Autor: P. Mariano Fazio, Vicario del Opus Dei en Argentina.
Fuente: Valores Religiosos.