"Así que yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado". (Corintios 9:26-27)

Ese muchacho de 25 años que, a cada rato, regala una sonrisa, habla con un inglés algo cerrado y viste de civil, con jeans de diseño y un holgado buzo canguro color negro; en nada se asemeja al atleta especialista en 400 metros que corre con prótesis llamadas Flex-Foot Cheetahs (por el guepardo, el animal más rápido) y que luchó por ser aceptado por la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF).
El principio de todo
Pretoria es la capital administrativa de Sudáfrica. Allí nació y se crió Oscar Leonard Carl Pistorius, tal como dice su pasaporte que tiene sellos al por mayor. Hijo de Henk y Sheila, "dos personas súper obstinadas y positivas que me enseñaron a ser lo que soy", según describe. Y agrega: "La decisión que tomaron fue la correcta. Yo habría hecho lo mismo." Oscar se refiere a la amputación que padeció en ambas piernas a los once meses de vida. Angustiados, muy angustiados, "pero -dice- sin compadecerse nunca de mí" y luego de más de diez consultas médicas, la sentencia quedó en manos de sus padres que siguieron las recomendaciones del médico ortopedista Gerry Versveld. ¿La causa? Una malformación congénita degenerativa en las dos piernas. Si no lo hubieran sometido a esa intervención, el pequeño Oscar hubiera sufrido mayores problemas durante el resto de su vida. A esas alturas el tiempo apremiaba. Si Oscar aprendía a caminar tal cual había venido al mundo, sin el peroné, el hueso largo y delgado que recorre cada pierna desde la rodilla hasta el tobillo, todo empeoraría y le produciría problemas al por mayor. Seis meses después de la tremenda operación, Oscar recibió su primer par de piernas ortopédicas.
La posición económica de los Pistorius era muy buena. Henk, ingeniero de profesión, dirigió durante años una mina de cal en su ciudad. Así, cada nueve meses, los Pistorius se aseguraban de renovar las prótesis de su hijo. "Por suerte, siempre pudieron cambiármelas. Era muy inquieto y como eran de madera se rompían a cada rato", recuerda Blade Runner [en inglés: blade, lámina; runner, corredor], tal su apodo desde que su caso saltó a la fama y logró conmover al mundo.
Igual a todos, con humor y deporte
Con la premisa de criarlo y educarlo bajo las mismas condiciones que a Carl, su hermano mayor, sus padres lo impulsaron siempre a valerse por sí mismo y a enfrentar el mundo tal cual era. "Sin nada extraño, ni artilugios", dice. "No me considero un discapacitado, puedo hacer las mismas cosas que una persona con piernas. Además, todo el mundo tiene alguna discapacidad", apunta. Para ello, Oscar asistió a los mismos colegios que Carl y Aimeé, la menor de los Pistorius. "Ellos [por sus padres] querían que desde pequeño supiera que era igual a todos. Por eso, nos daban las mismas actividades. Así se me hizo muy sencillo aprender a afrontar los obstáculos del mundo. No soy tan distinto a los demás", explica entre risas. "Hay que tratar a la discapacidad con humor. Si empezás algo y no sale o te cuesta, hay que luchar para que eso se modifique", manifiesta.
Sencillo, terrenal, lejos de las luminarias de algunas estrellas del deporte mundial, como toda la tarde, vuelve a sonreír. A todo parece encontrarle una mueca, un guiño cómplice para afrontar el destino, su destino. Como la vez que, a los 4 años, junto con su hermano Carl utilizaron una de sus prótesis para frenar un karting en plena caída libre. "Aquella vez comprendí que no era tan malo tener prótesis", bromea.

Golpe indescriptible
Pistorius no esconde su historia. Al contrario. Hace de ella una bandera, un gran estandarte que blande con orgullo en pos de la integración, donde trata de transmitir su visión de la discapacidad con el objetivo de romper cualquier barrera diferenciadora. "Siempre me han tratado como a un igual. Tanto dentro como fuera de la pista", explica. De pronto, se levanta del cómodo sillón en Casa Este, el coqueto local de Nike construido en espejo (son dos casas iguales) en Punta del Este, camina unos diez o quince metros, no más, toma una escalera de aluminio y regresa. La abre y le dice a Federico Brum, el intérprete: "Por favor, sentate que hace calor y hace mucho que estás parado". Una mínima acción que, una vez más, demuestra la simplicidad con la que se conduce. Brum agradece y se sienta. "Ahora podemos seguir", añade el sudafricano. Vuelve a sentarse y señala: "Siempre fui considerado un igual. En las carreras es uno contra siete y ellos [por sus oponentes] me ven como a un rival más. Y yo también los veo así. A la hora de competir es así. Todos queremos ganar y trascender en nuestra disciplina. Y eso es lo más lógico".
El atleta reconoce que nada ha sido fácil en su vida. Sin embargo, eso no le genera ningún tipo de resquemor. Al contrario, lo asume como un plus energético que lo potencia. "Lo importante es enfocarse en lo que uno tiene y no quedarse en lo que no se tiene. ¿Si tenés el 80%, para qué te quedás pensando en ese 20% faltante? No sirve", cuenta.
Estoico e impasible supo y pudo enfrentar su discapacidad con enorme grandeza, pero la muerte de su madre es un recuerdo imborrable, doloroso, del que prefiere evitar pronunciarse. Sheila murió inesperadamente en 2002 por una reacción alérgica, tras ser internada de urgencia debido a una supuesta malaria. Oscar tenía 15 años. El hecho lo dejó desgarrado para siempre. "Todavía era un niño", apenas despunta, y admite que ella no pudo disfrutar de su éxito. Se nota que ese tema aún lo perturba. Lo lastima sentirse sin ella. Guarda silencio e, inmediatamente, intenta cambiar de tema. Sin embargo, recuerda que cuando tenía apenas un año, Sheila le escribió una carta, que todavía conserva, para cuando fuera más grande. "Un perdedor no es quien llega en el último lugar, sino aquel que se sienta, mira y nunca ha intentado correr", recita un párrafo de memoria. Ahora sí, cambia de tema. Vuelve a él, a su historia como atleta y al ejemplo que intenta trasladar a grandes y chicos.
Colaborar, siempre
Entre sus múltiples actividades, Pistorius está volcado a labores humanitarias en un proyecto solidario fundado en Mozambique, uno de los países más pobres del continente africano. El fin principal es colaborar con las múltiples víctimas de las minas antipersonas necesitadas de prótesis que valen 150 euros (las suyas, de origen islandés, cuestan cerca de 24.000). Para ello, Blade Runner es uno de los embajadores de la Fundación Mineseeker (donde también colabora el actor Brad Pitt), una incitativa dedicada a la identificación, detección y remoción de minas. Según datos que aparecen en la página web de la entidad, hay cerca de cien millones de minas y explosivos no detonados enterrados bajo la superficie del planeta y cada diecinueve minutos alguien usa alguno de esos artefactos. "Es increíble la cantidad de personas que pierden sus extremidades o, aún peor, la vida por este tipo de explosivos", revela Pistorius, que no descarta emprender su propio proyecto. Además, el plan prevé el fortalecimiento de las zonas afectadas con la liberación de la tierra para la agricultura sustentable. "No sólo se busca sacar las minas, sino atacar la desnutrición en esas comunidades enseñándoles a sembrar y cultivar su propia tierra", apunta.
El sueño olimpico
El almanaque de Oscar tiene una marca en rojo furioso. Es el próximo 27 de julio, fecha en que se inician, en la capital inglesa, los Juegos Olímpicos. "Ya demostré que puedo correr con atletas sin discapacidades. Ahora es tiempo de entrenar duro. En mayo próximo buscaré la clasificación", advierte Pistorius que sueña con acceder a uno de los ocho carriles en la final de los 400 metros. "Ganar una medalla sería algo increíble, pero hoy es algo muy complicado. Debería correr por debajo de los 44 segundos. Llegar a la semifinal es el gran objetivo", dice.
La polémica y reclamos que provocó su inclusión en competencias con atletas convencionales generaron tanto ruido que la IAAF decretó, luego de una serie de pruebas, que las prótesis le otorgaban al sudafricano una ostensible ventaja sobre sus contrincantes sin dificultades físicas. Sin remordimiento ni resentimiento, Pistorius apeló la medida ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), que consideró insuficientes las pruebas de la IAAF y, en 2008, le allanó el camino. "Entre 2007 y 2008 dejamos en claro el tema de las prótesis y ya es tiempo de mirar hacia adelante y no quedarnos en ese duro momento. Se fabricaron más de 20.000 pares de prótesis como las que yo uso y se las dieron a cientos de atletas en todo el mundo, y ninguno estuvo ni cerca de los tiempos que yo hago", cuenta. A partir de entonces, todo dependió de él, aunque no pudo clasificarse para los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 por no lograr la marca mínima (45s55).
Esta situación cambió en julio del año último en la pista de Lignano, Italia. Con 45s07 logró clasificarse para el mundial de Daegu, Corea del Sur. En este campeonato accedió a las semifinales de los 400 metros y también colaboró para que su equipo de relevos de 4x400 metros clasificara a la final, imponiendo un récord nacional. De allí aún le queda la espina de no ser parte de los cuatro en la gran final que le dio a su país la medalla de plata. "Merecía estar en la final, pero son decisiones que no tomo yo", sentencia. Daegu, un mundial donde los flashes iluminaron por igual a Usain Bolt, el hombre más rápido del mundo, y a Oscar Pistorus, un atleta igual a muchos, pero distinto de todos, que está cambiando los preceptos del atletismo convencional. Para él, los desafíos nunca son suficientes.
Fuente: La Nación.